Select Page

Hakim Bey, Millenium


El dinero real y la religión jerárquica parecen haber surgido en el mismo misterioso instante,
en algún momento entre el Neolítico temprano y el tercer milenio A.C., en Sumeria o en Egipto; ¿cuál fue
primero, la gallina o el huevo? ¿Fué uno en respuesta al otro o es el uno más bien un aspecto del otro?

No cabe duda de que el dinero tiene una implicación profundamenta religiosa, ya que desde el mismísimo momento en que hace aparición, empieza a esmerarse por la condición del espíritu – retirarse a sí mismo del mundo de los cuerpos, trascender la materialidad, y convertirse en el único verdadero símbolo eficaz. El dinero tal como lo conocemos emerge con la invención de la escritura al rededor del año 3100A.C., de un complicadísimo sistema de fichas de arcilla o contadores que representaban bienes materiales, para tomar luego la forma de facturas escritas, créditos impresos en tabletas de arcilla también; casi sin excepción, estos “cheques” se referían a deudas debidas, pareceriera, para con el Templo del Estado, y se supone que en teoría puedan haberse utilizado en un extenso sistema de intercambios, a modo de notas de crédito “acuñadas” con la firma de la teocracia. Las monedas no aparecieron sino hasta al rededor del año 700A.C. en el Asia Menor Griega; eran de electrum (oro y plata) no porque estos metales tuviesen valor de mercancía, sino porque eran sagrados – Sol y Luna; la razón del peso entre ellos siempre ha fluctuado en torno a 14:1, no porque la tierra cotenga 14 veces más plata que oro, sino porque la Luna se demora 14 “soles” en crecer de oscura a llena. Puede ser que las monedas se hayan originado como fichas del templo, símbolos de la debida parte que tocaba a un adorador en el sacrificio — souvenirs sagrados, que podían ser luego transados a cambio de bienes porque contenían maná, no valor útil. (Es posible que esta última función de transacción comience en la Edad de Piedra, cuando se comerciaba en torno a monolitos puestos en la intersección de ejes “ceremoniales”, que se usaban en ritos de la distribución, como el rito del Potlach*, en Norte-América.). A diferencia de las notas de crédito Mesopotámicas, las monedas estaban inscritas con imágenes sagradas y eran vistas como objetos liminales, puntos nodales entre la realidad cotidiana y el mundo de los espíritus (ésto da cuenta de la costumbre de doblar las monedas para “espiritualizarlas”, y lanzarlas dentro de ruedas, que son los “ojos” del otro mundo.) La deuda misma — el verdadero contenido de todo dinero — es un concepto altamente “espiritual”. Al igual que el tributo (la deuda primitiva), da cuenta de la capitulación a un “poder legítimo” de expropiación con máscara de ideología religiosa — pero en cuanto a “deuda real” alcanza la capacidad únicamente espiritual de reproducirse a sí misma, como si fuese un ser orgánico. Aún hoy sigue siendo la única sustancia “muerta” que tiene ése poder : “el dinero atrae al dinero”. LLegados a este punto, la plata comienza a adquirir un aspecto francamente paródico vis-à-vis de la religión — parece que el dinero quiere rivalizar con dios, devenir en espíritu inmanente en forma de metafísica pura que, sin embargo, “gobierna el mundo”. La religión debe tomar nota de esta naturaleza blasfema en el dinero y condenarlo como contra naturam. El dinero y la religión entran en oposición — uno no puede servir a Dios y a Mammón simultáneamente. Pero mientras la religión siga actuando como la ideología de la separación (el Estado jerárquico, la expropiación, etc.), nunca podrá realmente llegarse a los puños con el problema del dinero. Una y otra vez se levantan reformadores dentro de la religión para expulsar a los prestamistas de dinero del templo, pero siempre regresan — de hecho, bastante a menudo los prestamistas se transforman en el Templo. (Ciertamente no es accidental que por mucho tiempo los bancos hayan imitado las formas de la arquitectura religiosa.) De acuerdo con Weber, fue Calvino el que finalmente resolvió el asunto con su justificación teológica de la “usura” — pero esto da escaso crédito a los verdaderos Protestantes, como los Ranters y los Diggers, que proponían que la religión debiera, de una vez por todas, oponerse totalmente al dinero — inaugurando con esto el Milenio. Parece más probable que la Iluminación deba llevarse los créditos por resolver el problema — al desplazar a la religión como la ideología de la clase gobernante reemplazándola por el racionalismo (y la “Economía Clásica”). Esta fórmula, sin embargo, poca justicia haría a esos verdaderos illuminati, que proponían la desmantelación de toda ideología de poder y autoridad — tampoco serviría para explicar por qué la religión “oficial” no logró darse cuenta de su potencial como oposición en este punto, y en cambio se dedicó a apoyar moralmente tanto al Estado como al Capital.

Bajo la influencia del Romanticismo, no obstante, afloró — tanto dentro como fuera de la religión “oficial” — un sentido cada vez mayor de la espiritualidad como una alternativa a los aspectos opresivos del Liberalismo y sus aliados artísticos/intelectuales. Por un lado este sentido condujo a una forma de reacción romántica conservadora-revolucionaria (e.j. Novalis) — pero por otra parte también alimentó la vieja tradición herética (que también comenzó con el “levantarse de la Civilización” como un movimiento de resistencia contra la teocracia de la expropiación) — para econtrarse en una extraña nueva alianza con el racionalismo radical (la naciente “izquierda”); William Blake, por ejemplo, o las “Capillas Blasfemantes” de Spence y sus seguidores, representan esta tendencia. El encuentro de la espiritualidad y la resistencia no es ningún acontecimiento surrealista ni anormalidad a ser suavizada o racionalizada por la “Historia” — ocupa su posición en la mismísima raíz del radicalismo; — y pese al ateísmo militante de Marx o Bakunin (en sí mismo una suerte de misticismo mutante o “herejía”), lo espiritual continúa aún inextricablemente involucrado con la “Vieja Buena Causa” que ayudó a crear.

Hace algunos años Regis Debray escribió un artículo señalando que pese a sus confiadas predicciones del materialismo del siglo XIX, aún así la religión había fallado perversamente en irse — y que quizás era tiempo que la Revolución terminara con esta persistencia misteriosa. Proveniente de una cultura Católica, Debray estaba interesado en la “Teología de la Liberación”, en sí una proyección de la antigua quasi-herejía de los Franciscanos “Pobres”, & en el redescubrimiento recurrente del “comunismo Bíblico”. Si hubiese considerado la cultura Protestante, podría haberse acordado del siglo XVII y buscado su verdadera herencia; si hubiese sido Musulmán podría haber evocado el radicalismo de los Chiítas o Ismaelitas, o el anti-colonialismo de los “neo-Sufíes” del siglo XIX. Cada religión ha invocado su propia antítesis interna una y otra vez; cada religión ha considerado las implicancias de la oposición moral al poder; cada tradición contiene un vocabulario de la resistencia, como también de capitulación a la opresión. En términos generales, podría decirse que hasta ahora esta “contra-tradición” — que está a la vez dentro y fuera de la religión — ha contado con un “contenido suprimido”. La pregunta de Debray era acerca del potencial de su realización. La Teología de la Liberación perdió casi todo su apoyo dentro de la iglesia cuando ya no podía cumplir su función de rival (o cómplice) del Comunismo Soviético; y ya no podía cumplir esta función porque el Comunismo colapsó. Pero algunos teólogos de la Liberación probaron ser sinceros — y aún persisten (como en Méjico); más encima, toda una tendencia sumergida y allegada dentro del Catolicismo, ejemplificada por el anarquismo casi Escolástico de un Iván Illich, sigue en segundo plano. Podrían indentificarse tendencias similares dentro de la Ortodoxia (e.j. Bakunin), del Protestantismo, del Judaismo, del Islam, y (en un sentido algo distinto) del Budismo; además, la mayoría de las formas indígenas de espiritualidad “sobrevivientes” (e.j. Chamanismo) o los sincretismos Afro-americanos pueden hallar causa comúm con varias tendencias radicales en las religiones “principales”, en asuntos como el medio ambiente, y la moral del anti-Capitalismo. Pese a elementos de reacción romántica, varios movimientos New-Age y post-Nueva-Era también pueden asociarse con esta categoría bruta.

En algún ensayo previo, ya hemos esbozado razones para creer que el colapso del Comunismo implica el triunfo de su único oponente, el Capitalismo; que de acuerdo a la propaganda neo-liberal, ahora ya no existe más que un solo mundo; y que esta situación política tiene consecuencias graves para una teoría del dinero como la deidad virtual (autónomo, espiritualizado, y todo-poderoso) del único universo de significado. Bajo estas condiciones, todo lo que fue alguna vez una tercera alternativa (la neutralidad, el retiro, la contra-cultura, el “Tercer Mundo”, etc.) debe ahora encontrarse en una nueva situación. Ya no hay ningún “segundo” — como puede haber un “tercero”? Las “alternativas” se han angostado catastróficamente. El Único Mundo ahora está en posición de aplastar todo aquello que alguna vez escapó a su abrazo extático — gracias a la distracción desafortunada de estar llevando una guerra esencialmente económica contra el Imperio del Mal. No hay más tercera vía, no más no/ni. Todo lo que es diferente se sumergirá ahora en la mismeza del Único Mundo — o sino se descubrirá a sí mismo en oposición a este mundo. Tomando esta tésis como dada, ahora debemos preguntarnos dónde se ubicará la religión en este nuevo mapa de “zonas” de capitulación y resistencia. Si la “revolución” se ha liberado del íncubo de la opresión Soviética y es ahora nuevamente un concepto válido ¿estamos finalmente en posición de ofrecer una respuesta tentativa a la pregunta de Debray?

Tomando “la religión” como un todo, incluyendo aún formas tales como el chamanismo, que pertenecen a la Sociedad antes que al Estado (en los términos de la antropología de Clastre); incluyendo politeísmos, monoteísmos, y no-teísmos; incluyendo misticismos y herejías tanto como ortodoxias, iglesias “reformadas”, y “nuevas religiones” — obviamente que el objeto en consideración no tiene definición, bordes, ni coherencia; ni puede ser cuestionado ya que sólo generaría una babel de respuestas en vez de una respuesta única. Pero “religión” sí se refiere a algo — llamémosle cierto rango de colores en el espectro del devenir humano — y como tal debe ser considerada (por lo menos por el momento) como una entidad dialógica válida y como sujeto teorizable. En el movimiento triunfal del Capital — por así decirlo, en su momento procesal — toda religión no puede ser vista más que como nulidad, i.e. cual mercancía a empacar y vender, un activo a despojar o una oposición a eliminar. Toda idea (o ideología) que no pueda sumergirse en el “Fin de la Historia” del capital, estará condenada. Esto incluye tanto a la reacción como a la resistencia — y por cierto que incluye a la no-separadora “re-unión” (religio) de la conciencia con el “espíritu” como in-mediatas e imaginarias auto-determinación y creación de valor — el fin primero de todo ritual o adoración. En otras palabras, la Religión ha perdido toda conexión con el poder mundano porque ese poder ha migrado fuera del mundo — ha abandonado incluso al Estado y logrado la pureza del apoteósis, como el Dios que “abandonó a Antonio” en el poema de Cavafy. Los pocos Estados (en su mayoría Islámicos) en los que la religión mantiene el poder precisamente están ubicados en la región, que siempre se encoge, de la oposición nacional al Capital — (por lo tanto proveyéndose de potenciales concubinas tan extrañas ¡como Cuba!). Como todas las demás “terceras posibilidades” la religión se enfrenta a una nueva dicotomía : capitulación total, o de lo contrario revuelta. Ahí se manifiesta claramente el “potencial revolucionario” de la religión — aunque sigue poco claro si la resistencia tomará la forma de reacción o radicalismo — o si la religión no está ya derrotada de hecho — si su rechazo a desaparecer es el de un enemigo, o el de un fantasma.

En Rusia y Serbia, la Iglesia Ortodoxa parece haber juntado reacción contra el Nuevo Orden Mundial y haber así entablado nueva comunión con su antiguo opresor Bolchevique, en Chechenia la Orden Sufí Naqshbandi continúa su lucha secular contral el imperialismo Ruso. En chiapas existe una alianza extraña entre “paganos” Mayas y Católicos radicales. Ciertas facciones del Protestantismo Americano han sido conducidas al punto de la paranoïa y la resistencia armada (pero incluso los paranoides tienen enemigos reales); mientras que la espiritualidad Nativo-americana pasa por una pequeña pero milagrosa resurrección — esta vez no un levantamiento de la Camisa Fantasma*, sino una postura razonada y profunda contra la monocultura hegemónica del Capital. El Dalai Lama a veces aparece como el único “líder mundial” capaz de decir verdades tanto a los restos de la opresión Comunista, como a las fuerzas de la inhumanidad Capitalista; un “Tíbet libre” podría dar algún enfoque para un bloque “inter-fés” de
pequeñas naciones y grupos religiosos aliados contra el darwinismo social trascendental del consenso. El chamanismo ártico podría re-emerger como una “ideología” de auto-determinación de alguna nueva república Siberiana — y algunas Nuevas Religiones (como el neo-paganismo occidental o los cultos psicodélicos) también pertenecen al polo de la oposición, por definición o por defecto.

El Islam se ha visto a sí mismo como el enemigo de la Cristiandad Imperial y del imperialismo Europeo casi desde el momento de su incepción. Durante el siglo XX funcionó como “tercera vía” contra el Comunismo y el Capitalismo a la vez y, ahora en el contexto del nuevo Único Mundo, por definición constituye uno de los poquísimos movimientos de masas existentes que no puede englobarse dentro la unidad de ningún supuesto consenso. Desafortunadamente, la punta de lanza de la resistencia — el “fundamentalismo” — tiende a reducir la complejidad del Islam a una ideología arificialmente coherente — el “Islamismo” — que claramente no logra dirigirse al normal deseo humano de diferencia y de complejidad. El fundamentalismo ya falló en interesarse en las “libertades empíricas”, que deben constituir las demandas mínimas de la nueva resistencia; por ejemplo, su crítica de la “usura” obviamente es una respuesta inadecuada a las maquinaciones del FMI y del Banco Mundial. Las “puertas de la Interpretación” de la Charia/a> deben volver a abrirse — no tapiarse para siempre — y una alternativa al Capitalismo totalmente realizada debe emerger desde dentro de la tradición. Sea lo que sea lo que uno pìense de la Revolución Libia en 1969, por lo menos tiene la virtud de ser un intento por fusionar el anarco-sindicalismo del ’68 con el igualitarismo neo-Sufí de las Órdenes Nor-Africanas, y de crear un Islam revolucionario — podría decirse algo semejante del Socialismo Shiita de Ali Shariati en Irán, que fue aplastado por la ulemocracia antes de que pudiese cristalizar en un movimiento coherente. El punto es que el Islam no puede ser deshechado como el monolito purista que retratan los medios Capitalistas. Si una coalición anti-Capitalista ha de aparecer en el mundo, no puede hacerlo sin el Islam. La meta de toda teoría capaz de simpatía con el Islam, creo, es alentar sus tradiciones igualitarias y radicales y obviar sus modos de discurso reaccionarios o autoritarios. En el Islam persisten figuras míticas tales como el “Profeta Verde” y guía oculto de los místicos, al-Kehzr, que fácilmente podría convertirse en una suerte de santo patrono Islámico del ambientalismo; mientras que la historia ofrece modelos como el gran combatiente por la libertad Sufí-algeriano Emir Abdul Qadir, cuyo último acto (en su exilio en Damasco) fue proteger a los Cristianos Sirios contra la intolerancia de la ulema. Desde fuera del Islam existe el potencial de movimientos “inter-fés” preocupados de ideales de paz, tolerancia y resistencia a la violencia del “neo-liberalismo” pos-secular & post-racionalista y sus aliados. En efecto, por tanto, el “potencial revolucionario” del Islam no ha sido aún realizado — pero es real.

Ya que el Cristianismo es la religión que “dió a luz” (en términos Weberianos) al Capitalismo, su posición ante la presente apoteósis del Capital es necesariamente más problemática que la del Islam. La Cristiandad ha estado retrayéndose sobre sí misma por siglos, y construyendo su mundo de fantasía propio, en el que puede que persista cierta apariencia de lo social (aunque sea los Domingos) — aún mientras mantenía la cómoda ilusión de tener alguna relación con el poder. Como aliado del Capital (con su indiferencia aparentemente beningna ante la hipótesis de la fé) contra el “Comunismo sin Dios”, el Cristianismo pudo conservar su ilusión de poder — por lo menos hasta hace cinco años. Ahora el Capitalismo ya no necesita del Cristianismo y el apoyo social del que éste gozaba pronto se evaporará. Ya la Reina de Inglaterra ha tenido que considerar dimitir como la cabeza de la Iglesia Anglicana — y es poco probable que sea reemplazada por el Gerente de algún vasto zaibatsu internacional. El dinero es Dios — finalmente Dios ha muerto; el Capitalismo ha logrado una parodia hilarante del ideal de la Iluminación. Pero Jesús es un Dios de muerte y resurrección — ya ha pasado por ésto antes, se podría decir. Hasta Nietzsche firmó su última carta “demente” como “Dionisos y el Crucificado”; quizás al final sólo la religión pueda “superar” a la religión. Dentro del cristianismo un millar de tendencias han aparecido (o persistido desde el siglo XVII como los Quáqueros) intentando revivir al Mesías radical que limpió el Templo y prometió el Reino a los pobres. Por ejemplo, en Norte-América, no parecería posible imaginar un movimiento de masas contral el Capitalismo realmente exitoso (algún tipo de “populismo progresivo”) sin la participación de las Iglesias. Una vez más empieza a quedar claro cuál es la tarea teorética; no necesita uno proponer ningún tipo de vulgar “infiltración” detro de la Cristiandad organizada, como para radicalizarla conspirando desde su interior. Más bien el objetivo sería alentar el potencial sincero y repandido del radicalismo Cristiano, ya sea de dentro como creyente honesto (no importa cuán “existencialista” sea la fé) o como honesto simpatizante desde afuera.

Un ejemplo para probar esta teoría — hablemos de Irlanda (desde donde sucede que escribo ésto). Dado que los “Problemas” de Irlanda son ampliamente culpa del sectarismo, está claro que hay que tomar una postura anti-clerical; de hecho el ateísmo sería, por lo menos, emocionalmente apropiado. Pero hay que recordar la ambiguedad inherente de la religión en la historia de Irlanda: — hubo tiempos en que los curas y laicos Católicos apoyaban la resistencia o la revolución, tanto como hubo momentos en que los ministros y laicos Protestantes apoyaron la resitencia o revolución. Generalmente las jerarquías de las iglesias se han mostrado reaccionarias — pero no es lo mismo jerarquía que religión. Del lado Protestante tenemos a Wolfe Tones y los Irlandeses Unidos — un movimiento revolucionario “interfés”. Aún hoy en Irlanda del Norte posibilidades como éstas no están muertas; el anti-sectarismo no es solamente un ideal socialista sino que también un ideal Cristiano. Del lado de los Católicos… hace algunos años conocí a un cura radical en un festival pagano en las islas Aran, amigo de Ivan Illich. Cuando le pregunté “¿Cuál es exactamente la relación de ustedes con Roma?” respondió “¿Roma?, Roma es el enemigo. Roma ha perdido su mano de hierro sobre Irlanda en los últimos años, derribada por el escándalo interno y la revuelta anti-puritana. Sería incorrecto decir que el poder de la Iglesia se ha pasado al Estado, a menos de que añadiésemos también que el poder del Estado se ha pasado a Europa, y que el poder Europeo se ha pasado al capital internacional. Está en juego el significado mismo del Catolicismo en Irlanda. Dentro de los años venideros podría esperarse asistir, tanto dentro como fuera de la iglesia, a un especie de revivir de la “Cristiandad Celta” — devota de la resistencia contra la contaminación tanto física como imaginal, y por lo tanto comprometida con la lucha anti-Capitalista. Si esta tendencia llevará a un cisma público con Roma y a la formación de una nueva Iglesia — ¿quién podría decirlo? Ciertamente la tendencia incluirá o por lo menos influirá también en el Protestantismo. Un movimiento así, de bases tan anchas, fácilmente podría hallar su expresión política natural en el socialismo o aún el anarco-socialismo, y serviría para una función sumamente útil como una fuerza en contra del sectarismo y el dominio del clérigo. Así es que pareciera que incluso en Irlanda la religión podría tener un futuro revolucionario.

No espero que estas ideas tengan mucha aceptación dentro del anarquismo tradicionalmente ateo, o de los restos del “materialismo dialéctico”. El radicalismo de la Iluminación por mucho se ha negado a reconocer ningún tipo de raíz histórica, ni remota siquiera, en el radicalismo religioso. En consecuencia, la Revolución perdió al bebé (“la conciencia no ordinaria”) con el balde de agua fría de la Inquisición o de la represión puritana. A pesar de la insistencia de Sorel en que la Revolución necesitaba un “mito”, prefirió en cambio hipotecarlo todo a la “razón pura”. Pero el anarquismo espiritual y el comunismo (como la religión misma) han fallado en desaparecer. De hecho, al volverse una anti-religión, el radicalismo ha recurrido a una suerte de misticismo propio, con todo includo ritual, simbolismo, y moral. La anotación de Bakunin acerca de Dios — que si existiera tendríamos que matarlo — ¡pasaría por la ortodoxia más pura en el Budismo Zen, después de todo! El movimiento psicodélico, que ofrecía una especie de verificación “científica” (o al menos experimental) de la conciencia no ordinaria, llevó a cierto grado de acercamiento entre la espiritualidad y la política radical — y es posible que la trayectoria de este movimiento recién haya comenzado. Si bien es cierto que la religión siempre ha actuado para esclavizar la mente o para reproducir la ideología de la clase dominante, también es cierto que siempre ha involucrado cierta forma de “enteogénesis” (“nacimiento del dios interior”) o liberación de la conciencia; cierta forma de propuesta utópica o “paraíso en la tierra”; y cierta forma de acción militante y positiva en pro de la “justicia social”, como el plan de Dios para su creación. El chamanismo es de hecho una forma de “religión” que (como lo demostró Clastres) institucionaliza la espiritualidad para evitar el emerger de la jerarquía y la separación — y toda religión posee, aunque sea, algún rastro chamánico.

Toda religión puede hacer referencia a algun tipo de tradición radical. El Taoísmo alguna vez produjo a los Turbantes Amarillos — o, para tales efectos, a los Tongs que colaboraron con el anarquismo en la revolución de 1911. El Judaismo produjo al “anarco-zionismo” de Martin Buber y Gersholm Scholem (profundamente influenciados por Gustav Landauer y otros anarquistas de 1919), que encontraron su voz más elocuente y paradójica en Walter Benjamin. El Hinduísmo dió nacimiento al ultra-radical Partido Terrorista Bengalí — y también a M.Gandhi, el único teórico de la revolución no-violenta del mundo moderno que tuvo éxito. Obviamente que el anarquismo y el comunismo nunca se pondrán de acuerdo con la religión en términos de autoridad y propiedad; y quizás podríamos decir que aún “después de la Revolución” tales cuestiones quedarán por resolver. Pero queda suficientemente claro que sin religión no habrá revolución radical; le Antigua Izquierda y la (antigua) Nueva Izquierda apenas se la podrían solas. La alternativa a una alianza sería quedarnos mirando mientras la Reacción coopta la fuerza de la religión y empieza una revolución sin nosotros. Nos guste o no, se requiere algún tipo de estrategia preventiva. Le Resistencia exige un vocabulario en que nuestra causa común pueda ser discutida; por lo tanto, estas propuestas esquemáticas.

Aún asumiendo que pudiéramos clasificar todo lo anterior bajo la rúbrica de sentimientos admirables, todavía nos encotraríamos muy lejos de cualquier plan de acción obvio. En este sentido la religión no puede “salvarnos” (¡lo opuesto es verdad quizás!) — en cualquier caso la religión se enfrenta a la misma perplejidad que cualquiera de las ex “terceras posiciones”, incluyendo todas las formas de no-autoritarismo y anti-capitalismo radical. La nueva totalidad y sus Medios parecen tan penetrantes como para condenar de ante mano todo programa con contenido revolucionario, ya que cada “mensaje” está igualmente sujeto a ser absorbido en el “medium”, que es el mismísimo Capital. Por supuesto que la situación es sin esperanzas — pero sólo la estupidez tomaría esto como una razón para la desesperación, o por el aburrimiento terminal de la derrota. La esperanza contra la esperanza — la esperanza revolucionaria de Bloch — pertenece a una “utopía” que jamás está del todo ausente aún cuando está menos presente; pertenece así mismo a una esfera religiosa en que la desesperanza es el pecado final contra el espíritu santo: — la traición a lo divino en nosotros — el fracaso en volverse humanos. El “deber Kármico” en el sentido de la Bhagavad Gita — o en el sentido del “deber revolucionario” — no es algo impuesto por la Naturaleza, como lo es la gravedad, o la muerte. Es un regalo gratuito del espíritu — uno puede aceptarlo o rechazarlo — y ambas posiciones son peligrosas. Recazarlo es correr el riesgo de morir sin haber vivido. Aceptarlo es una posibilidad aún más peligrosa pero mucho más interesante. Una versión del Wager de Pascal — esta vez no acerca de la inmortalidad del alma, sino simplemente de su existencia.

Para usar una metáfora religiosa (que hasta aquí hemos intentado evitar) el milenio comenzó cinco años antes del fin del siglo, cuando llego a existir sólo Un Mundo y proscribió toda dualidad. Sin embargo, desde la perspectiva Judeo-Cristiano-Islámica, éste es el falso milenio del “Anti-Cristo”; que resulta no ser una
persona (excepto quizás en el mundo de los Arquetipos) sino una entidad impersonal, una fuerza contra-naturam — entropía disfrazada de vida. Desde esta visión, el reino de la iniquidad debe ser y será desafiado en el verdadero milenio, con el advenimiento del mesías. Pero así mismo, el Mesías no es una sola persona en el mundo — más bien, es una colectividad en que cada individualidad se realiza y es así (de nuevo metafórica o imaginariamente) inmortalizada. El “pueblo-como-mesías” no entra en la mismeza homogénea ni en la separación infernal del Capitalismo entrópico, sino en la diferencia y presencia de la revolución — la lucha, la “guerra santa”. Sobre esta base solamente podremos comenzar a trabajar en una teoría de la reconciliación entre las fuerzas positivas de la religión y la causa de la resistencia. Lo que se nos ofrece aquí simplemente es el comienzo del comienzo.

Dublin, 1 de Septiembre, 1996.


* El Potlach es una ceremonia de las tribus de la costa Oeste de Norte-América, en que los indios se reunían a festejar y repartirse sus bienes los unos a los otros; que de hecho podría decirse que las constituía, de por su naturaleza distributiva. El Potlach fue estrictamente
reprimido por los colonos occidentales que lo consideraben el peor obstáculo para la tarea de la civilización porque contravenía todos sus valores. Por ejemplo, la honra de cada jefe dependía de cuánto era capaz de repartir entre los demás, llegando muchas veces a destruir sus bienes con tal de desprenderse de ellos. Qué podría
ser más contrario a la constitución materialista del alma occidental…

* Las Ghost Shirts, Camisas Fantasmas en español; eran camisas que los indios bendecían para ser inmunes a las balas, lo que les significó en una batalla ser totalmente masacrados por los blancos. Bey lo utiliza aquí como símbolo de superstición ingenua, o es posible que se refiera a la película de Kurt Vonnegut.

* Charia es el nombre de la ley islámica.

* Ulemocracia se refiere al gobierno de la ulema, la clase social educada en la ley y las ciencias del Islam.